el cigarro olvidado



El cigarro quedó olvidado en el cenicero, miraba mis manos y yo hacia como si no me diera cuenta. Se acerco a mí y muy despacio, casi en cámara lenta, tomó mi cuello con una sola mano y ya no lo soltó, solo apretó y apretó y apretó. Comenzó a faltarme el aire y aún así no hice nada para defenderme; el me quitaba la vida y yo no hacia nada por detenerlo. Los músculos de mi cara se tensaron y mis ojos comenzaron a lagrimear –me rehusé a creer que lloraba- así de profundo era el odio que yo sentía hacia mi, hacia la traición que ocultaba mi sangre y mi memoria.
Aflojó el agarre. Tosí.
Aun tenía su mano en mi cuello y cuando por fin me soltó tomé el cigarro casi consumido de donde lo había dejado hace un momento
Él me miraba.
Me quitó el cigarro de los labios y lo fumó, lo fumó hasta que no hubo nada más que fumar.
Vi sus ojos brillar, lo leí en ellos, en ellos y en su alma, lo leí claramente: él deseaba hacerme daño, un terrible daño. Veía la incandescente ceniza, brillando en el extremo del cigarrillo entre sus dedos, reflejado en sus ojos y leí el destino del calor trazando caminos en mi piel. Odié no tener el valor de extender mi brazo para que él cumpliera su justo capricho, pero odié mas que abandonara aquel borrador -exonerante del pecado- en el cenicero.
Pretendí no sentirme afligido, pretendí no darme cuenta del dolor en mi cuello, ni del ardor acumulado en mis ojos.
Saqué otro cigarro y él me lo prendió como si aún fuéramos amigos.
Traición.
Traición.
Traición.
Odiaba la traición, odiaba traicionar, odiaba que no supieran el momento en que apuñalaba sin misericordia.
Me odiaba.
De nuevo, incontenible su rencor, un golpe quedo plasmado en mi cara, así que me encontraba escupiendo un poco de sangre en el piso cuando uno de sus pies dio contra mi costado.
Duele, pensé.
Quedé tendido bocarriba, esperando ya el siguiente golpe.
Nunca llegó.
En cambio tendió la mano para ayudarme a poner de pie.
Sentados de nuevo, y con un cenicero entre ambos, para evitar tentaciones, nos pusimos a fumar en silencio.
El tiempo se consumió tan rápido como nuestro vicio, pero el cenicero seguía ahí cual buen referí.
No que lo necesitáramos. Yo sabía que el muchacho se lo tomaría con calma, y él, que no huiría.
Así que seguimos fumando.

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