Criada por una sirena.

algun año a.d.C
El día de su nacimiento cayó una gran tormenta.
La inundación fue tal, que las embarcaciones flotaron a la deriva durante treinta noches. Su madre supo entonces, como ella lo sabe ahora, que había parido una maldición y sin miramientos fue lanzada por la borda en un vano intento por calmar a los dioses.
Tan pronto tocó la superficie, fue arrastrada a las profundidades donde su pequeño cuerpo desapareció tragado por la oscuridad.

Cuando la tormenta cesó, nada quedaba ya de lo que conocía.

Fue arrojada por el mar en lo más recóndito del mundo entre peces y tiburones, cuando la arena se arremolinó en torno a ella su llanto llenó la costa pero nadie acudió. Durante días se aferró a la piel lisa, escamosa y putrefacta del ser que había perecido a su lado. Se alimentó de su leche maloliente y su cabello le dio calor.
Con el tiempo caminó en dos piernas y con dientes agudos se alimento también de la carne de aquella criatura, lamió los huesos hasta la saciedad y mató su sed con la sangre que de ella aún manaba.
Creció nutrida por el mar.
Incluso le dio un nombre a esa tierra.
Línea.
Quien la atravesaba lo hacía teniendo en mente un solo pensamiento. Las aves se arrojaban de cabeza contra el rugir de las olas, mujeres y hombres caminaban mar adentro hasta consumirse en el horizonte, sirenas se echaban al sol hasta secarse, lobos de mar nadaban contra las rocas. Y sólo así, el mar se los entregaba para que ella terminara por consumirles.
Creció lentamente, lánguida y con ojos débiles que veían lo que otros no.
Aprendió a traducir sus sentidos y a confiar en su instinto.
Corría entre los cuerpos salpicados de agua salada y su risa colmaba el lugar como único himno para aquellos antes del fin.
Aprendió. Si. Pero sólo una de tantas verdades, la única que le permitía existir a un ser sin propósito como ella.
Llena de felicidad por aquellas criaturas que constantemente cruzaban la línea que con tanto deseo buscaban.
En aquel tiempo fue cuando él apareció.
Un humano a simple vista.
Le saludó.
Se hizo su amigo.
Tocó su piel y lo sintió real.
Vivieron en compañía del otro por unos segundos. Más de lo que ningún otro ser que hubiera pasado por ahí.
Lo suficiente.
Pero él se alejó en busca de sirenas. Y al igual que todo lo demás se perdió entre las olas.
Entonces sucedió lo impensable.
Mientras su mirada se mantenía clavada en el horizonte, en el punto exacto donde aquella silueta se había desvanecido, un mar comenzó a gotear a través de sus ojos y su garganta se cerró convirtiéndose en desierto.
Por primera vez sintió dolor.
Un aire tan asfixiante y un dolor tan agudo que le hizo caer al suelo sujetándose el pecho.
Sufrió por largo tiempo desgarrándose la piel sin poder encontrar aquel pedazo en su ser que tanto punzaba.
Maldijo aunque no sabía ninguna maldición.
A veces miraba hacia el mar y a través de sus ojos sangrantes distinguía el vacío.
Pasó mucho tiempo antes de que aquel vacío se convirtiera en agua nuevamente y mucho mas antes de que emergiera aquella figura alta y oscura.
Había pasado mucho tiempo y habían cambiado.
Ella, desollada, se encontró frente aquel ser con olor a sirena. Su sangrante esqueleto quiso abrazar lo que tenía ante sus ojos, pero el niño que una vez conoció, se tendía ahora sobre la arena quemante, como todos los de su especie lo habían hecho desde siempre.
Lo miró secarse lentamente, durmió a su lado sin poder hacer nada más.
Su mano se volvió fría y sus ojos dejaron de brillar, comió su carne atragantándose con ella y trató de refugiarse del frío repentino entre los pellejos restantes.
Cuando todo acabó y de él no quedó nada, el dolor también se fue, incluso le volvió a crecer la piel, pero algo parecido al frío se sintió más penetrante.
Él se había llevado algo. Y supo que lo perdido sólo podría recuperarlo al encontrarlo a él.
Tendida sobre la playa, saturada de silencio, se dio cuenta que la línea que había cruzado su pequeño ladrón no existía para ella; el mar la había escupido y afuera nada parecía afectarle.
Nada excepto él.
Pasó días buscando una entrada al otro lado.
Cuando estuvo segura que no la había, desgarró el cuerpo más próximo apropiándose de una segunda piel y ocultándose en ella; rápida y silenciosamente descendió los escalones de piedra que atravesaban los álamos y mirando por última vez aquella agua oscura rodeada de tierra fría, se perdió entre la niebla del mundo.

2009…

El lodo le salpicaba en el rostro a cada estacada que daba intentando llegar al fondo de la tumba. La tormenta, que seguía cayendo en toda su brutalidad desde que había llegado no le facilitaba la tarea. Tenía helado el cuerpo, las manos entumecidas como garras apenas pudiendo moverlas, y mientras escarbaba con ellas pensó se le caerían en cualquier momento, los huesos estaban congelados hasta la medula, un poco mas allá, un rayo había dado a un árbol que ahora estaba en llamas y había cruzado por su mente detenerse e ir a calentarse con el, lastima, pensó cuando recobró cabales y continuó cavando. La niebla, lo suficientemente densa para prestarle tiempo y ejecutar su labor, se extendía en el cementerio.
Era un cuento de terror. Y él, con su cabello negro y alborotado y su blanco rostro como la muerte, era el monstruo principal. El usurpador.
El era quien, con sus manos desnudas, escarbaba entre lodo y ceniza.
-Debería ser un pecado llamar madre al sepulcro...- susurraba cuando su mano chocó fuertemente contra algo. Una tapa de madera. ¡Si!. Por fin había llegado. Quitó el resto del lodo sobre la tapa y se preparó para ver lo que había debajo de ella.
La cubierta se desprendió con facilidad y de inmediato la fosa se llenó de un olor a fétida humedad combinado con perfume barato.
La joven enterrada no tenía mucho de muerta, tampoco había tenido una vida muy larga y su cuerpo se sintió liviano al momento de sacarlo de su lugar.
-Y aunque es extraño que yo piense algo así, en realidad no puedo evitar jactarme de ser el único que puede acercarse a ti. Antes, todas estas cosas me dejaban sin sueño…
La mujer fue depositada en suelo lodoso casi con ternura, y después de acomodarle algunos cabellos detrás de la oreja, salió de aquel hoyo.
-Si no estas verdaderamente preparado, encontrarás cosas cada vez más diferentes, en este mundo los que tienen suerte son muy pocos.
Entre las sombras, a solo unos pasos de ahí un perro se acercaba lentamente. Con ojos cansados miró el cuerpo inerte ante él y después al hombre a su costado.
-¿hay algo que quieras olvidar?-preguntó el hombre al perro en tono juguetón
-Las cosas son como son.-respondió el perro- no necesito nada, no quiero tu compasión…
-Esta bien si te olvidas de mí algún día, ahora mismo esta noche es asquerosamente triste- el hombre sonrió en dirección al perro, pero sus miradas no volvieron a encontrase, se levantó y sin despedirse dio la vuelta saliendo del moderno y solitario cementerio.
Le miró macharse entre la lluvia y después le echó un vistazo al cadáver a sus pies. El pelaje que cubría su propio cuerpo comenzó a desprenderse, contuvo el aliento cuando el agua fría tocó su verdadera piel. La sangre de perro fue lavada de su cuerpo casi al instante. Un suspiro y una mirada crítica evaluaron el cuerpo de la mujer muerta.
Joven, casi una niña.
Fue envolviéndose con aquella piel suave, con ese perfume rancio mezclado con agua. Delicioso, exquisito aroma de muerte.

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