Alexamenos


En el año de nuestro señor varias familias se consolidaron al este de Jerusalém. Vestidas todas ellas con cabezas de asnos, todas ellas crucificadas como aquel a quien siguieron, consintiendo así una de las mayores masacres de sus tiempos. Alexamenos, perseguido y asediado donde fuera, intentó perderse en el desierto y dejar su destino a la buena de su señor, no le fue mejor que al resto de su pueblo, tras días de vagar sin rumbo, su hostigador dio con él. Al regreso de tan horrible viaje, fustigado, cansado y medio muerto fue subido a la cruz que ya había absorbido la sangre de su pueblo y tantos más, la piel se irritó al contacto de la sustancia rancia, en algunos partes pegajosa y en otros tantos reseca, pero toda ella impregnada del olor a muerte. De inmediato le fue colocada la cabeza cortada del asno, que pútrida y fétida por efecto de diversas secreciones humanas, llenó sus poros rápidamente de hambrientas larvas. Fueron días agonizantes, pero le quedaba cordura para preguntarse “¿porqué?. Una y otra vez surgía la cuestión, pero no sabía si lo pensaba o lo gritaba, o parecía que lo gritaba, ¿era él, era su voz, había alguien más ahí? Sentía como la razón se iba disolviendo, y sentía como la vida se iba apartando. A través de los orificios que pretendían ser ojos humanos vislumbró lo que parecía fuego, un hombre con cabeza de ciervo estaba parado frente a él. Vengo a iluminarte en esta noche sin luna o esperanza dijo Alexamenos asintió, el extraño hombre no intentó bajarlo, o tocarlo, pero le habló sobre esperanza de futuro, de hombres grandiosos que había hecho bien en su nombre, le habló también del pasado y que en el hombre ha existido siempre lo que los hace hombre. Y le habló también del cordero, un hombre sabio... dijo pero sólo un hombre” … tus captores han muerto y tú sigues colgado en esta cruz, se han olvidado de ti, y ya han pasado varios años desde entonces. Ahora sigues llevando el nombre de Alexamenos, pero ya tiene tiempo que no eres tú lo mismo ocurrió con el hombre cordero, y conmigo. Algunos vivimos más que otros Es tu deber liberarte o seguir aquí el resto de los siglos

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