Hambre


Cuando era joven, de no más de 6 años, sentía una insaciable hambre y trataba de saciarla con lo que sea, primero comí una serie de objetos, después intenté engullir a mi sangre, y cuando eso no bastó comencé a devorar niñas; las engañaba y las consumía debajo del escritorio, en los baños, en la azotea de la escuela, incluso en sus propias casas. Cuando no fue suficiente, también empecé a devorar chicos mayores y muchos jóvenes e indefensos animales.


Ya tenía bien entrados los 12 cuando entendí lo monstruoso de mis acciones y me detuve. Para no devorar, me martiricé y enclaustré. Durante mucho tiempo traté de controlar esos impulsos, y durante mucho tiempo lo logré. Encerré ese animal muy en mi interior con todos los otros animales que en mí existían, los alimenté con cadáveres encontrados a la orilla de la autopista, pequeños perros, gatos o aves, y uno que otro humano. Durante mucho tiempo todo lo que consumí fue carroña maloliente, pero mi cuerpo y mi alma le dieron la bienvenida, porque para mí era agua cristalina ofrecida al sediento.

Vivo lejos de todo. Con temor al tacto, midiendo con precisión mi interacción con aquellos a quien conozco, porque incluso ahora, siento la tentación de engullirlos y junto con ello vienen las náuseas y el placer. Porque sí, el placer siempre está ahí, tentándome. 

Ahora, el hambre es constante y a veces dolorosa. 


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